Nuestra historia
Todo empezó con la convicción de que el oro colombiano merecía un lenguaje propio: uno que no respondiera a las temporadas, sino a la tradición de quienes lo trabajan a mano desde hace generaciones.
Cómo empezamos
ÉCLAT nació en un taller pequeño de Bogotá, entre buriles, sopletes y el sonido constante del martillo sobre el metal. No partimos de una tendencia: partimos de un oficio — la orfebrería colombiana — que llevamos generaciones observando y aprendiendo de maestros plateros y joyeros locales.
Desde el primer día, la idea fue simple y terca a la vez: hacer piezas que no le temieran al paso del tiempo. Nada de colecciones pensadas para durar una temporada; todo pensado para heredarse.
Cuatro momentos que marcaron la manera en que entendemos el oro, el oficio y el tiempo.
Un taller de dos mesas, un soplete y la promesa de trabajar cada pieza a mano, sin atajos, inspirados en las técnicas de martillado y filigrana que se practican en Colombia desde hace siglos.
Nuestra primera colección cápsula tomó su nombre y su espíritu de la leyenda de Guatavita: piezas pensadas para brillar como una ofrenda, no como un accesorio de temporada.
Inspirados en la fauna colombiana, desarrollamos nuestra línea permanente de mariposas y piezas botánicas — la primera en quedarse en el catálogo de ÉCLAT de forma indefinida.
Seguimos siendo un taller de lotes pequeños, con el mismo compromiso del primer día: cada pieza sale de manos colombianas, pensada para acompañar a quien la lleva mucho más allá de una temporada.
Tres principios que se mantienen iguales desde la primera pieza que salió de nuestro taller.
Cada pieza pasa por manos de artesanos colombianos, del boceto al pulido final.
Producimos poco a propósito: preferimos piezas que duren a piezas que se acumulen.
Nuestra inspiración no es un empaque bonito: es la fauna, la flora y la orfebrería de nuestro país, tomadas en serio.
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